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No Parí Hijos Para La Guerra

  • Foto del escritor: Ana Maria Martinez
    Ana Maria Martinez
  • 16 mar 2019
  • 7 Min. de lectura


Las montañas que la vieron nacer fueron las mismas que labraron su peor destino. Mary Carmen hace una pausa antes de empezar a relatar su historia, como si todas aquellas imágenes de la calamidad -como ella le llama- vinieran a su mente por un momento y empieza a organizarlas. Cuando ya todo esto ha pasado inicia a rememorar con un aire de rapidez, como cuando el deber llama pero el corazón se contrae. Vivo actualmente en Valledupar a causa de la violencia que sufrí hace muchos años, como docente en Peñimaque zona Indígena Arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta, territorio del cual se cuenta con poca información en los buscadores online.


Vivía con mis dos hijos Yeison de 9 y Dixon de 6 años, teníamos una casa propia, cerca al colegio, criando nuestros animalitos, moliendo la caña, haciendo todas las actividades que se hacen dentro del campo, y a mis niños les enseñe cómo trabajar el campo y por eso, me ayudaban en los oficios del hogar. Todo empezó el 17 de Septiembre de 2003 una fecha que jamás olvidare, el inicio de la guerra en el pueblo indígena con la aparición de grupos armados como “Los ELN”-de esta forma Mary se refiere al grupo terrorista- la guerrilla y los paramilitares que le dio pie a la guerra más dura que ha vivido mi comunidad, pero los que más sufrieron fueron los niños indígenas y mis hijos que quedaron a un paso de conocer la infeliz vida armada.


Una tarde mandé a mis hijos a la montaña a echar los animales y buscar leña para el fogón de cocinar, pero pasaron muchas horas y ellos se me demoraron mucho tiempo y llegaron en la noche, al llegar me contaron que se habían quedado con un grupo de hombres que estaban viendo televisión con un cilindro de gas y los invitaron a sentarse con ellos, supe que eran ellos los guerrilleros pero como eran cosas de niños no les di mucha importancia.

Al anochecer cuando los alistaba para dormir, Yeison el niño más grandecito, me dice: -Mamá allá arriba donde estuvimos viendo televisión nos midieron el uniforme, un uniforme pequeño, que tiene una cachucha, la ropa es pintadita y nos pusieron unas boticas y en la mano me pusieron un reloj que va a sonar cuando vengan por nosotros, ellos me dijeron que con esto nos iban ayudar, a ti y que te van a dar doscientos mil pesos por mi hermano y por mí.


Yeison insistía: Mamá ellos dijeron que cuando esta manillita suene a las cuatro de la mañana, tenemos que levantarnos e irnos con ellos que estarán en el portón. Yo no quise asustarlos y con la misma tranquilidad que él me contó la historia yo pedí que dejara amarrado un burro dentro del potrero, con caña picada para ir temprano por la leña, pero lo que yo tenía pensado era llevármelos por la noche desde Peñimaque a Valledupar porque a los dos se los iban a llevar.- El día que Mary huyó con sus hijos el colegio donde trabajaba había sido tomado por los paramilitares con bombas y rifles que sonaban sacudiendo la tierra, se dice que se llevaron más de 11 niños entre 6 y 9 años, los que pudieron salir guardan en su mente la imagen de indígenas corriendo por las colinas con sus niños encima, dentro de mochilas y sacos para poder protegerlos, muchos indígenas fueron asesinados por negarse a entregar sus hijos y otro niños corrieron con mala suerte de ser alcanzado por las balas.-


Le dije a mi hijo: Mañana nosotros nos vamos en la madrugada para ir delante de ellos y encontrarlos por el camino para que no vengan hasta la casa si no que yo los llevaré para entregarlos. Los vestí bien cambiaditos con su jean, camisita larga y una cachuchita y les dejé unos zapatos al lado de la cama y les dije: Apenas yo los llame, se levantan para irnos.


No pude dormir, me encargué de ensillar el burro, arreglar las mochilas y a las 11 de la noche los llamé y su primera inquietud fue ¿Mamá, ya vinieron a buscarnos? Se siente una voz de consternación y ansiedad en la voz de Mary y continúa- Respondí: No. Vamos delante de ellos para que cuando nos llamen ya vayamos adelante. No quise prender la linterna por miedo a ser descubiertos ya que rondaban por la montaña vigilando el sector, así que decidí echar el burrito adelante y agarrarme del rabo para que él nos guiara por el camino en medio de tanta oscuridad.


Fui bajando por la orilla del río y después de dos horas de camino llegamos a Sabana Crespo un pueblito cercano a Valledupar en donde encontramos un portón grandísimo con llave que nos impedía el paso hacia el otro lado, ahí se encontraban los celadores o semaneros como son llamados por los indígenas- quienes cuidaban la entrada y salida de quienes por ahí pasaban, me preguntaron el por qué salía de la zona a esa hora que esperara hasta el amanecer La desesperada madre sabía que si esperaba corría con el riesgo de perder a sus hijos- tanto le insistí que necesitaba irme que decidió abrir el portón.


Seguí caminando en medio del silencio y la oscuridad que cortejaba el camino de las montaña de la sierra esa noche, después de tanto caminar a las 4 de la mañana sonó el reloj que llevaba mi hijo, los nervios se apoderaron de mi cuerpo, no sabía si iban delante o detrás de mí, no sabía si los iba a encontrar o si iba a salvar a mis hijos, al escuchar el primer sonido mi hijo mayor grito emocionado! Mamá ya está sonando la manilla! ¿Dónde nos encontraremos con ellos? me calme y le respondí; no te preocupes ellos están más adelante ya pronto los alcanzaremos, pero él seguía con la inquietud por no encontrar en el camino a quienes se los llevarían.


Amaneció y mi hijo seguía preguntando en donde los estaban esperando y así pasaron las horas de un largo camino, llegamos a Valledupar a las 12:30 pm del día siguiente, y mis hijos no se detenía de preguntarme por aquellos hombres que los iban a buscar y me darían doscientos mil pesos y yo les dije: Hijos, no sé dónde nos pasarían pero ellos mañana vendrán a buscarlos. Ellos estaban con la inquietud grande porque ellos hablaban de dinero y cuando al niño se le habla de dinero, los niños andan muy pendientes a la plata. Estuve 15 días en Valledupar en los cuales recibía llamadas de indígenas que me informaban que la guerrilla estaba preguntando por mí que por qué me había venido de esa manera esa noche que a quien escondía. Busque dónde quedarme con mis hijos para refugiarnos y para que ellos estudiaran.


Después de unos días, sonó el celular con una llamada donde me decían que no volviera porque me matarían, que mi turno había llegado, yo preguntaba por qué buscaban de mi pero nunca me dieron una respuesta clara. Con el pasar de los días, pensé en volver a la Sierra porque allá estaba mi trabajo y necesitaba refugiar a muchos niños de la guerra pero volvieron a llamarme y supe que era un indígena que se había llevado la guerrilla y que hacía parte del ELN quien tenía la misión de acabar con mi vida, me dijo: si quieres salvarte haz lo que te diré porque hoy me toca el turno de matarte. Me dijo que me montara en el camión que iba hasta Sabana Crespo y que me bajara en Casa indígena, le describí cómo estaba vestida y el insistió, ocúpate en otras cosas y deja que el camión se vaya porque hoy me toca, me toca matarte.


Y así pasó, dejé que el camión emprendiera su viaje, en él iba un compañero que me informo que el camión llegó a un lugar donde había más de 50 paramilitares esperándome, me llamaron otra vez diciéndome que debía quedarme y no volver hasta nueva orden. Esperé dicha orden y volví a la Sierra en busca de mis pertenencias, dejé a mis hijos estudiando en Valledupar, al llegar la sorpresa fue que había más de 100 guerrilleros esperándome porque sabían que ese día subía, me dijeron que debía irme con ellos porque yo me había llevado los dos hijos que ellos necesitaban para la guerra. Lo que les contesté fue que yo no había parido hijos para la guerra y que si querían me llevaran a mí. Esta luchadora casi que los retaba diciéndoles- ¡Llévenme! Yo a ustedes no les tengo miedo –Afirmaba. Cuando dije la última palabra uno de ellos gritó !Déjenla! su labor es seguir educando los niños para la guerra.


Seguí dando mis clases, pero estuve dos meses vigilada, rodeaban mi casa y la escuela, empezaron acabar con todo lo que yo tenía, mataron los animales, los amarraban y le disparaban y al mismo tiempo me gritaban. -Si no quieres terminar así, danos todos tus animales y todo lo que tienes. Al día siguiente decidí mandar a donde un vecino que vivía al otro lado de la montaña las gallinas que aún me quedaban, las amarre en un burrito y las mande, no pasaron ni 20 min cuando salgo al portón y encuentro el burrito con todas las gallinas muertas y supe que eran ellos y más tarde recibí una taza de sopa de las mismas gallinas que me habían quitado dándome a entender que debía olvidarme de todo por lo que había trabajado para mis hijos.


Ellos sentían mucha rabia y odio hacia mí, los tiempos se volvieron tan difíciles ya no me quedaba que comer porque habían acabado con todo. Cerré mis ojos y decidí no mirar atrás y definitivamente me vine a Valledupar dejando lo poco que me quedaba, dejando mi vida y mi trabajo, en busca de un mejor futuro para mis hijos, no me imaginaba sus vidas en la selva cargando un arma que opacara su felicidad y llevando en sus ojos el recuerdo de una triste infancia. Actualmente me dedico a la docencia en etnoeducación con el fin de luchar por mi comunidad. Yo pude superarlo, pero hago honor a muchos indígenas que quedaron sin vida en medio de las sabanas de la Sierra Nevada.


Gracias a Dios estoy con vida, mis hijos terminaron de estudiar y están trabajando. Continuamos en la lucha pero fueron años de mucha violencia, de mucho sufrimiento, aún volví unas dos o tres veces, porque parece que la guerrilla se hubiese retirado bastante pero todo lo que nosotros trabajamos, se fue acabando. Mary Carmen Urrutia, testimonio vivo del Conflicto Armado en Colombia.
 
 
 

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